Qué es la contaminación lumínica y sus efectos

Para que algo contamine y dañe el medioambiente no tiene que ser tangible o evidentemente perjudicial, como las botellas de plástico o los gases que salen de las torres de las fábricas. La luz también es capaz de contaminar, y sus consecuencias no tienen nada que envidiarle al efecto invernadero o la acumulación de toneladas de plástico en el océano.

Definición

La contaminación lumínica se produce cuando emitimos luz artificial de una intensidad, en una dirección y a unas horas que no son adecuadas. Esta luz se emite hacia el cielo y rebota en las nubes de partículas de polvo que coronan las ciudades, formando de ese modo el halo amarillento o anaranjado característico de las grandes urbes.

Como ya habrás podido deducir, la fuente de la contaminación lumínica son las luces artificiales como las de los semáforos, las farolas o incluso las marquesinas publicitarias de las paradas de autobús.

No obstante, no toda luz exterior tiene que ser perjudicial. Tomando como ejemplo los sistemas de iluminación de las calles —las farolas— podríamos establecer una especie de tipología.

La iluminación buena es aquella que es eficiente, es decir, concentra su emisión de luz allí donde es estrictamente necesario. De esa forma la luz no se emite directamente al cielo, se reducen los deslumbramientos y, además, es más barata porque aprovecha mejor la energía eléctrica.

La iluminación mala, en cambio, es poco eficiente porque emite una gran cantidad de su luz al cielo y, a la larga, resulta más cara porque invierte su energía en iluminar de forma indiscriminada y poco práctica.

Por último, encontramos el peor tipo de iluminación, aquella que ilumina poco y, encima, casi toda su potencia se dirige al cielo nocturno.

Consecuencias de la contaminación lumínica

Los efectos negativos que se traducen de la contaminación lumínica son mucho más numerosos y graves de lo que podríamos pensar en un principio.

Por ejemplo, el más evidente, es que resulta imposible disfrutar del cielo estrellado, pero la cosa no se detiene aquí.

Alumbrar las ciudades requiere el trabajo de las centrales que nos proporcionan la energía para alimentar los alumbrados. Por ende, estas instalaciones están constantemente emitiendo gases contaminantes que se acumulan en la atmósfera e incrementan el efecto invernadero. Y si a esto le sumamos que los alumbrados son ineficientes, se gasta muchísima energía.

Por otra parte, la contaminación lumínica altera los ecosistemas, a veces de forma radical. Los hábitos de los animales nocturnos se modifican de tal forma que en la mayoría de los cosas resulta peligroso para la especie en cuestión. Por ejemplo, los insectos son uno de los grupos más afectados.

La contaminación lumínica produce en ellos un sobreestímulo conocido como «vuelo hacia la luz». El alumbrado los atrae de tal forma que mueren —de cansancio, quemados por el calor de las bombillas o devorados por otras especies—, son incapaces de seguir los procesos migratorios y/o se ven absorbidos fuera de sus entornos naturales.

Y aunque pueda parecer increíble, los animales y los seres humanos no son los únicos que sufren los efectos de la contaminación lumínica. Está demostrado que los árboles se descontrolan y crecen de forma insospechada tras estar expuestos durante mucho tiempo a la luz artificial.

Pero ¿cómo nos afecta a nosotros? Exponernos a fuentes de luz artificial de noche, ya sea de forma voluntaria —mirando la pantalla de nuestro móvil o nuestro ordenador— o por culpa de la luz exterior que se filtra al interior de nuestras habitaciones por la ventana —fenómeno conocido como «intrusión lumínica»— tiene una serie de graves consecuencias para nuestra salud.

Empezando por la falta de sueño y de descanso, la contaminación lumínica puede causar depresión, sueño inquieto, insomnio, cansancio y nerviosismo. Además, se ha demostrado que este tipo de contaminación está relacionado con el cáncer de mama y la obesidad.

Medidas para reducir los impactos negativos y sus beneficios

Para luchar contra la contaminación lumínica no hace falta deshacernos de todas las luces artificiales de la noche a la mañana, basta con tomar una serie de medidas para marcar la diferencia.

Una de las soluciones es cambiar de forma paulatina todas las lámparas de mercurio por aquellas de sodio o led; ambas son capaces de iluminar de la misma forma pero son más eficientes y contaminan muchísimo menos.

También podemos colocar sensores de movimiento para que las luces de los sistemas de iluminación solo se enciendan cuando sea necesario.

La clave para todos estos sistemas es, sin duda, que la luz no ilumine por encima de la línea horizontal imaginaria que cruza la bombilla.

Otra de las propuestas para reducir la contaminación lumínica es regular el apagado de las luces monumentales y publicitarias, así como prohibir todo cañon de luz que emita directamente al cielo.

En conclusión, la contaminación lumínica es una amenaza a nuestro medioambiente más seria de lo que se puede suponer en un principio. Pero para combatirla, bastan una serie de sencillas medidas basadas en la eficiencia energética. Si las ponemos en práctica, todos —seres humanos, animales y vegetación— saldremos ganando.

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